jueves, 5 de marzo de 2015

Mae Hong Son

Mae Hong Son

Jovencitas animadoras en Tha Song Yan. Ocho de la mañana. Ensayando para la ceremonia escolar.


Mae Hong Son es una ciudad en la que pensaba que tal vez estaría solamente un día, pero que estuve casi una semana. Como andaba justito de tiempo ya que, teniendo en cuenta la distancia que me faltaba por recorrer para pasar a Laos y los días que me quedaban de permanencia en el país, decidí coger el autobús para llegar hasta allá.
Otro de los motivos fué que una de las etapas discurría en medio de la nada durante ochenta kilómetros. El paisaje muy bonito, pero sin posibilidad de comerte un arrocito ni ná de ná. Ni tomarte una cervecita ni ná de ná. Y para rematar, la orografía era de las de Tour de la France, con lo que si me llega a dar una pájara, es muy probable que no hubiera nadie para hacerme el boca a boca.
Campo de arroz.

No fué nada fácil subir la bicicleta en el autobús. El chófer decía que en el maletero no cabía-y era cierto- y que naranjas de la China. Yo le decía que por sus muelas me dejase subir, que no me podía dejar allí tirado. Yo insistía, el miraba para otro lado. Se escapó a comer y yo allí, al lado del autobús, impasible el ademán. Al final el tipo accedió a llevar la bicicleta y la solución fué la que veis arriba. No me cobró ni un duro más por ello. Además estuvo bien acompañada ya que durante dos horas un monje, -que parecía un repartidor de butano-

Campos de no arroz -creo que eran judías verdes-

estuvo compartiendo asientos con "Venenito" tan ricamente. El autobús estaba hasta la bandera de gente y de paquetería.
Lo que pasa es que la bici tiene muy mala prensa. Aquí y en Sebastopol, cuando un empleado de transporte público te ve llegar con la bicicleta, sea el medio de transporte que sea, según te ve pone cara de problema. La verdad es que un poquito aparatosa si que es la jodida. No pesa mucho, pero molesta en todos los sitios.




Fish Cave
Fish Cave



Búcero gigante.
Motero dicharachero.
Sandy y July.
En Mae Hong Son me hice varias excursiones, unas por mi cuenta y otras tampoco. Bueno, la verdad es que solamente hice una que estaba organizada. Fué un paseo en moto para ver cosas que en teoría nos gustan a los turistas. 
De lo que vimos, a mi personalmente, la mayoría me parecieron una chorrada supina. Lo que ocurre es que antes de salir te lo pintan todo muy bonito, y ni mucho menos era para tanto.
De todas las cosas que vimos, y vimos un montón ya que nos hicimos más de cien kilómetros en moto, la que se llevó la palma de chorrada supina fué la Fish Cave. En teoría es una cueva, pero que no es una cueva, donde la gente va a alimentar a los peces. El lugar era precioso, pero era un negocio más para sacar los cuartos a los turistas locales y a los foráneos. Hay que pagar la entrada y, también existe la opción de comprar bolsas de comida -fruta, verdura y unas bolitas de pienso- y echárse a los peces para sobrealimentarlos y subirles los niveles de colesterol.
Los peces están -como no podía ser de otra manera- orondos.
Ying-yang


Al día siguiente, ya por la tarde y convencido más que nunca  que muchos de los viajes que se organizan para entretener a los turistas son unos sacacuartos sin apenas interés, me cogí la bicicleta y me dirigí hacia un estrecho valle que se divisaba desde lo alto del templo que hay en una colina de la ciudad.

Allí descubrí una comunidad en la que hay treinta y ocho chicos y chicas internos, que son tutelados por ocho monjes, y que tienen la posibilidad de asistir al cole ya que sus aldeas están alejadas de los centros de enseñanza. El lugar tiene jardín, un huerto, y pequeños paños de terrazas de arroz que ellos mismos se encargan de cuidar.

 El lugar era un oasis de paz y tranquilidad. Yo llegué a la tardecilla, y todos los alumnos estaban en el centro, así como los monjes cuidadores. Todos ellos estaban realizando alguna labor y, el ambiente de armonía que se respiraba, era totalmente acogedor. Los chavales y chavalas estaban concentrados y hadas en sus labores, y a pesar de ser tareas rutinarias, parecía que las estaban realizando a gusto, algo que es muchodecir cuando se habla de adolescentes.


Mae Hong Son, su estampa más conocida

Si se tiene la suerte de elegir el camino, pista o carretera correcto, el paseo puede llegar a ser todo un regalo para los sentidos.

Hecho muchísimo de menos no poder hablar con la gente. A parte de la barrera idiomática, que no es moco de pavo, existe el problema de que incluso los gestos que realizamos, son diferentes a los que ellos realizan.

En este aspecto, me acuerdo mucho de sudamérica y de lo afortunados que somos siendo una comunidad tan inmensa de castellano-parlantes.
Allí, incluso en las comunidades que han podido mantener su identidad cultural, es posible comunicarse con una lengua propia. Aunque en algunos casos sea en un castellano macarrónico. Te enteras de lo que se cuece en el lugar, normalemente comes lo que has pedido al camarero y no otra cosa diferente debido a las confusiones, entiendes mejor las costumbres y actitudes locales, y el tiempo discurre de una forma más amena. Y eso, lo echo es la mitad de un viaje... o más.



Muy a mi pesar continué camino. La próxima meta era Pai, a la que tardaría dos días en llegar. El paisaje era alucinante, y alguna de las cuestas que tuve que subir acojonantes, y no de lo bonitas... que también.

El puerto antes de Pai se las traía, aunque el día anterior fué más peor.


Cultivo en terrazas.

















Avituallamiento en el camino para coger fuerzas

Otra perspectiva de la carretera




Con Anne y Ani en lo alto del puerto

En Pai me pasé una semanita basicamente perreando. Excepto un par de excursiones, el resto fueron paseítos y tardes de hamaca. La ciudad, todo sea dicho, era para mi gusto demasiado turística, pero un amiguete alemán que conocí quince años antes en Perú y que lleva yendo a Pai en invierno once años seguidos, me consiguió por muy buen precio una magnífica cabañita que no fuí capaz de desaprovechar.











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