martes, 31 de marzo de 2015

Luang Namtha, osteratsua

Parque Nacional Nam Ha


A veces, para conocer un lugar en condiciones, es conveniente que te guíen, especialmente si no hay ninguna posibililidad de hacerlo por cuenta propia  porque no hay mapas de la región, y los senderos no están señalizados.





Que nos guiasen fué lo que decidimos un grupo de franceses que conocí en el mercado y yo. Dos días más tarde, estábamos repartiéndonos la comida y el agua para transportar entre todos parte de lo que íbamos a comer y beber los próximos tres días.

El plan se resumía en dos días de caminata por la montaña, y un día de descenso en piragua por el río Nam Tha.




El paseo no era demasiado exigente, aunque 
tenía sus cuestecitas para ir despertando las piernas.




No mucho más tarde de haber empezado la caminata, ya estábamos comiendo. Entre que recuperábamos y no resuello, los guías preparaban la comida, nosotros poníamos la mesa.




El guía que hablaba inglés, daba lo mejor de sí mismo. Nos explicaba para que servía ésta planta y la otra, que bichitos se podían comer y cuales no. Casi nadie se animó al banquete de bichitos, solamente Margaux, que igual le daban dípteros que coleópteros.

La verdad es que el tipo era entretenido, pero escucharle era como asistir a un exámen de comprensión en inglés. Si te despistabas un ratito, te perdías el hilo de la historia. Al final de la explicación y entre todos aportando un poco de lo que habíamos entendido, conseguíamos hilarla, probablemente fiel a su contenido. 

Tanto en Laos como en Tailandia, es realmente difícil encontrar a un autóctono que hable inglés con corrección fonética. Haberlos haylos, pero son tan difíciles de ver como las meigas. Me temo que Vietnam es otro tanto de los mismo. De la misma manera, supongo que un occidental hablando cualquiera de sus idiomas, debe de dar la misma impresión.



La cena,  ya preparada en la aldea en que íbamos a pernoctar, fué opípara y apetitosa.

                                                                                         


Por la mañana llegó el desayuno, muy rico también. Sopa de verduras con arroz. Yo repetí. El día estaba fresquito, y cualquier cosa caliente entraba muy bien.



No todos estaban invitados al banquete, con lo que tuvieron que esperar a las sobras.




En el pueblo la vida continuaba.

Y seguimos camino, pero como el camino da hambre, nos vimos de nuevo obligados a tomar un piscolabis.


Andar andábamos, pero comer también comíamos, yo creo que más de lo segundo que de lo primero.

Algunos de los tramos que recorrimos eran de especial belleza, principalmente los tramos que hicimos en la parte más cerrada de selva del parque, algo, que es muy difícil que una cámara refleje.





Todo muy natural y ecológico, eso sí.



Y llegó la noche y ni más ni menos que dormimos en este privilegiado lugar, mecidos por el ronroneo de la corriente. Todo un lujo. 

Después de esta experiencia, si me dieran a elegir entre el sonido de la corriente del río, y el sonido de las olas rompiendo en la arena, sin duda me quedaría con el primero.



Y cual intrépidos lobos de río llegamos a una aldea Lantán donde para variar, nos dieron de comer, y pudimos ser testigos por unas horas, de los tejemanejes que se traen en el pueblo.






En resumen, tres días totalmente aprovechados y toda una bonita experiencia para poder contar si no a nuestros nietos, sí a los nietos de los demás.



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